| Postado
em 22.1.2010 no site www.cronopios.com.br
Cuando
Jano dejó de ser un Dios
(Acerca del libro Como deixei de ser Deus,
de Pedro Maciel)
Por
Antonio Maura*
Existen libros que permiten una doble lectura ya sea
por su mensaje o por su carácter específico
de recipiente de ideas. Es decir: son piezas literarias
y metaliterarias a la vez. Pueden ser comentadas tanto
por su contenido como por su continente, ya que su estructura
es, en sí misma, una reflexión sobre el
significado y el sentido de la literatura. Estas obras
jánicas, de doble rostro, como espejos enfrentados,
permiten múltiples lecturas, sugieren imágenes
que se suceden unas a otras en los espacios mentales
de sus lectores. Son libros, como decía Clarice
Lispector de los espejos, para irse con ellos a meditar
en el desierto. Sirvan estas palabras como una primera
aproximación al libro Como deixei de ser Deus,
de Pedro Maciel (Topbooks), que he recibido recientemente.
La primera sorpresa está en su misma portada:
sobre un fondo tomado de la instalación de Cildo
Meireles, Desvio para o vermelho, se lee su título
y bajo él la clasificación de romance.
Al abrirlo esperamos encontrar una narración
y no un conjunto de aforismos que, como señala
Antonio Cicero en el posfacio, son en realidad fragmentos.
Fragmentos que parecen aforismos y que es lo que queda
al desmembrarse un texto literario.
Sin
embargo, en ningún caso encontramos a los personajes
ni a sus voces. ¿Dónde está entonces
la novela, el romance? ¿Se ha equivocado
el editor, el autor? ¿Nos han engañado?
Ni lo uno ni lo otro: no hay error ni truco. Es una
novela en verdad, sólo que sus personajes como
sus acciones y palabras se han disuelto entre los cascotes
de ese edificio que era el libro, la novela clásica.
En principio, encontramos un texto dividido en una lista
numerada de frases que van del uno – que no existe
– al 2046 como la capitulación de una narración
extensísima que sólo podría encontrar
parangón en el Tiempo perdido proustiano,
en Guerra y paz o en el Hombre sin atributos,
por citar tres novelas clásicas de nuestra tradición
occidental, o Viaje al Oeste, Sueño en el
Pabellón Rojo y La historia de Genji si
hablamos de la tradición oriental. Novelas que
superan las mil páginas y que, como grandes murales
literarios, reflejan toda una época, la historia
de una familia o la saga de unos dioses.
Quizás esa fuera la pretensión del Dios
al que alude Pedro Maciel en el título del libro:
un dios creador capaz de relatar un tiempo o una cultura.
Sin embargo, Como deixei de ser Deus –
no se me entienda mal – es el retrato de una ruina,
es un edificio literario alcanzado por un seísmo,
un mural desconchado donde los héroes y sus voces
se han disuelto en la humedad y el olvido. ¿Qué
ha sucedido en esos 2046 capítulos? No lo sabremos
jamás. Faltan muchos datos: han desaparecido
capítulos y los que quedan, aunque ordenados,
no permiten una lectura coherente. En el prólogo,
tras un paréntesis y unos puntos suspensivos,
que nos hacen sospechar que se trata de la prolongación
de un texto anterior, el autor dice: “algumas
civilizações foram extintas num piscar
de olhos”. Luego, en letra cursiva, comenta: “Nós,
civilizações, sabemos agora que somos
mortais”. Y, ya de una forma rotunda, en negrita,
asegura: “O mundo encontra-se em permanente
movimento; as condições climáticas
estão se deteriorando rapidamente”.
Y en este momento, superando la sorpresa, empezamos
a entender: la civilización a la que se refiere
el autor del libro debe ser la nuestra y el objeto que
tenemos en las manos es lo poco que nos ha quedado de
nuestro mundo.
“Sabemos
que somos mortales”, nos dice la cursiva y, como
un graffiti que ha quedado impreso en una pared
de esa ciudad fantasma que es el libro, leemos: “El
mundo está en movimiento y se está deteriorando
rápidamente”. Ahora nos damos cuenta de
que cada una de estas formas tipográficas es
una voz impresa. El libro reproduce distintas opiniones
que han sido petrificadas, emparedadas en los muros
de ese edificio que se ha desmoronado y del que sólo
quedan las ruinas. Luego es verdad: se trata de una
novela con personajes, sólo que los hechos han
ocurrido en otro tiempo, cuando se escribían
libros y se leían novelas. Eso ya no parece ser
posible. Nuestro tiempo ha destruido a aquellos lectores
y esas obras han quedado obsoletas, forman parte ya
de un pasado remoto.
Y,
finalmente, cuando hemos traspuesto el umbral y avanzamos
por el libro, por sus cadenciosas y fragmentarias frases,
por los restos de ese diálogo a tres voces, empezamos
a degustar sus ideas, a intentar rellenar sus vacíos,
a reflexionar sobre el significado de éste como
de todos los demás libros. Tras una introducción
entiendo que programática o poética, poético-programática
–“o rumor do universo na passagem de
uma nuvem”, “a memoria sempre inventa esquecimentos”
–, las tres voces tipográficas –
redonda, cursiva y negrita – comienzan a desgranar
la vieja sabiduría de los clásicos. Ese
coro a tres voces canta al Dios de Tales de Mileto y
al de Alcmeón, al de Pitágoras y al de
Parménides, al de Empédocles y al de Platón
y así sucesivamente hasta Marco Aurelio que,
como había dejado escrito Marguerite Yourcenar,
vivió un momento histórico en el que no
había dioses y sólo existía el
hombre.
Pedro
Maciel, desde su atalaya de autor-dios, como creador
sabe que “Deus é um bom Diabo”
y para decirlo debe recurrir a las dos voces tipográficas,
ya que Dios no es el Diablo, ¿o sí? ¿Acaso
no se trata de un libro jánico con dos
rostros y un solo cuerpo: padre e hijo, autor y lector,
literatura y metaliteratura, libro de fragmentos y de
aforismos, novela y ensayo, poesía y manifiesto?
¿Con que rostro nos quedamos? Con el que usted
quiera: hasta puede llevarse los dos por el mismo precio,
parece sugerirnos el autor. Un autor, Pedro Maciel,
que ha bebido en la tradición aforística
desde Pascal a Ciorán pasando por Nietzsche,
que como buen paulista hace guiños a los manifiestos
de Oswald de Andrade, que bucea en las oscuridades en
las que atisbó Clarice Lispector. Con todo ello
como bagaje y con su propia biografía como instrumento
desglosa los grandes misterios del tiempo y el espacio,
del lenguaje y el pensamiento, de lo comunicable y lo
incomuniclable, de lo verdadero y lo falso, de la vida
y la muerte – en la entrada 39 afirma contundente
con su voz negrita: ‘Eu’ morri em 2046.
Más tarde, constataremos que ese número
no es el de un año, sino el de la cita final
del libro. ¿Quiere decir que el autor muere cuando
finaliza la obra o es que la obra – toda producción
artística – acaba con la muerte de su autor?
Ambos casos, siendo un libro jánico, son posibles
y simultáneos, ya que si somos capaces de atribuir
algún contenido a los dos términos enfrentados,
a las numerosas disyuntivas que contiene el texto, entenderemos
el misterio de una novela que no es ni deja de ser.
Parece un galimatías, pero “a contradicção
move o mundo”, recuerda una voz que suma
voces – en negrita y cursiva.
El
libro de Pedro Maciel, como vengo sugiriendo, está
incompleto en cuanto obra como un templo derruido: es
una máquina rota que, aún así,
sigue latiendo como un corazón. Quizás
sea este el último secreto que esconde: el sentimiento,
una pasión que arrolla espacios de silencio y
desiertos, que alcanza las cumbres de una sabiduría
intuida y cae a los abismos, que se enmaraña
y confunde para emerger como un pájaro del marasmo
de las palabras y de sus significados como espesas sombras.
Un corazón que late en la noche y en la madrugada,
en el día y en los crepúsculos, porque
al fin es esa misma vida – que no sabemos lo que
es – la que hace latir al músculo del corazón,
la que permite que las culturas y los libros desaparezcan
pero continúen allí, que las civilizaciones
se quiebren pero sus ruinas permanezcan y que esta novela,
el romance del que ya no es Dios, del desterrado del
Paraíso, exista.
Una
última salvedad. La entrada 2033 – antepenúltima
del libro como texto, pero no como número –
repite palabra por palabra la frase que inicia la obra:
“algumas civilizações foram extintas
num piscar de olhos”. En el prólogo, como
ya se ha apuntado, unos puntos suspensivos y un paréntesis
sugerían un texto anterior. Ahora lo confirmamos:
es el libro que acabamos de leer. ¿Es el final?
No, porque aún quedan dos entradas más
que inician un nuevo libro, o un nuevo giro de la rueda,
o un nuevo ciclo. ¿Se trata, entonces, de un
libro infinito como los que imaginaba Borges? Tampoco,
porque el autor – como decía – muere
en la última frase. ¿No será que
esta última frase con su puñal de letras
ha matado al autor?
El
libro Como deixei de ser Deus dice mucho sin
decir, calla también mucho diciendo, es él
mismo y su sombra, novela-río y suma filosófica,
poesía y narración. Es y no es. Poema
jánico del fin del mundo. Balbuceo del origen.
¿Acaso es todavía posible articular un
discurso coherente, escribir una novela decimonónica?
Yo creo que no. Y pienso que Pedro Maciel es de mi opinión.
*Antonio
Maura é escritor e professor espanhol. Já
morou e deu aulas em Fortaleza.
É considerado o embaixador das letras brasileiras
na Espanha. Faz parte do Conselho
Editorial do Cronópios. E-mail: mauraba@yahoo.es
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